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ANSIEDAD

Desde el momento que damos nuestro primer respiro el sistema nervioso central hace todo por la supervivencia. Como si viniéramos con un bluetooth integrado los seres humanos estamos diseñados para la conexión con otros seres humanos y buscar interpersonalmente la co-regulación emocional, es decir, necesitamos de nuestros cuidadores para calmarnos ante la intensidad afectiva y el estrés. Conforme crecemos vamos construyendo las herramientas para regularnos emocionalmente nosotros mismos. La regulación es central para el bienestar y la salud mental e implica la capacidad de vivir y modular las emociones y así cumplir adaptativamente con las demandas de la vida.

Gracias a un proceso que se llama neurocepción nuestros cerebros están siempre detectando señales de seguridad y amenaza. Buscamos dichas señales en nuestro cuerpo, en nuestro entorno y en nuestras relaciones interpersonales. Esta búsqueda de señales se da en un nivel subconsciente y cuando detectamos amenaza nuestro cerebro empieza a prepararnos para sobrevivir, percibimos y tenemos sensaciones que comúnmente se manifiestan como ansiedad.

Nos sentimos ansiosos cuando nuestros sistemas detectan cualquier estresor o tensión que nos saca del estado de equilibrio forzándonos a gastar energía para retomar un modo de funcionamiento adecuado; la ansiedad es la respuesta natural del cuerpo ante el estrés. Los estresores pueden venir de diversas fuentes: biológicas, emocionales, cognitivas o sociales. No importa la edad que tengamos, cuando los niveles de estrés sobrepasan nuestra capacidad de regularnos surge la sensación de ansiedad.

Un estresor puede provenir de: estar fatigado, tener hambre, un pensamiento catastrófico, sentir que no somos suficientemente buenos, una ruptura amorosa, la pérdida de un trabajo, la sensación de no sentirnos satisfechos con nuestro cuerpo, etc., provocando que se desencadene una reacción de respuesta ante este estrés. Dicha respuesta implica que el cerebro al detectar el peligro manda señales a las glándulas adrenales para que preparen al cuerpo para la acción. Las glándulas adrenales liberan cortisol, la hormona del estrés, que hace que el ritmo cardíaco se acelere para mandar sangre a los músculos, respiramos agitadamente para intentar oxigenar al cuerpo, las pupilas se dilatan para poder percibir detalles y entonces poder huir o atacar o congelarnos, como lo haríamos ante un depredador, porque justo para eso fue diseñado nuestro sistema nervioso, para la supervivencia ante los depredadores.

Hoy ya no vivimos en contextos en donde pudiéramos ser presas de los depredadores del reino animal, hoy nuestros depredadores son otros, son los conflictos interpersonales, son las prisas, son las presiones, son los ideales corporales imposibles de alcanzar, son las presiones económicas, son las presiones sociales y la falta de conexiones afectivas. Y estos depredadores son aún peores que los animales que nos perseguían cuando éramos cazadores, ya que los de la actualidad están presentes por periodos de tiempo mucho más largos. Es como si viviéramos con el león en casa, la respuesta corporal ante el estrés sucede con mucha más frecuencia y nuestros cuerpos no están diseñados para eso.

Es por esto que si nos sentimos ansiosos tenemos que empezar a trabajar en detectar las fuentes de dicha ansiedad. Hablando de los estresores biológicos las mínimas condiciones que necesitamos para no sentirnos ansiosos es estar bien descansados, bien alimentados, bien hidratados y con ausencia de enfermedad. En cuanto al aspecto social, debemos de contar con relaciones interpersonales que nos sirvan de red de apoyo para afrontar los estresores sociales y emocionales.

Cuando nos sentimos ansiosos desplegamos muchas estrategias para lidiar con la ansiedad y tratar de regularnos. Algunas veces encontramos estrategias adaptativas que nos sirven para bajar la ansiedad y poder regresar a la capacidad de conexión, autocuidado y crecimiento, pero muchas veces las estrategias que utilizamos son desadaptativas como el consumo de sustancias o actividades nocivas, trastornos de la conducta alimentaria, pensamientos obsesivos, adicciones, etc., que, aunque engañan al cerebro con una satisfacción inmediata, terminan provocando mayores niveles de ansiedad e insatisfacción.

Hoy mas que nunca debemos invertir mucho esfuerzo en el cuidado de nuestra salud física y mental. Debemos utilizar todo el conocimiento que nos han dado las neurociencias para tomar el control de nuestras vidas y diseñar entornos que promuevan niveles de estrés positivo y no tóxico. Debemos incorporar en nuestras rutinas las prácticas del mindfulness, del contacto con la naturaleza, de escuchar nuestros cuerpos y nuestros ritmos y no entrar en las presiones de una sociedad que exige alejarnos de todo aquello que implica la salud. Aprender estrategias de regulación que no atenten contra lo que nuestros cuerpos y nuestras mentes realmente necesitan.

Primero que nada, atender al cuerpo y todas sus necesidades, después analizar la vida emocional y las relaciones interpersonales y por último trabajar en el plano cognitivo. Detectar la fuente de nuestros estresores para poder trabajar en ellos y si nuestros niveles de ansiedad son alarmantes y pasamos mucho tiempo sintiéndonos mal.  Si la duración, intensidad y frecuencia del malestar es alto, no lo normalicemos, no dudemos en pedir ayuda profesional.

                                                                                 Mtra. Alejandra Jiménez Gutiérrez – Psicoanalista

                                                                             Directora de Desarrollo Socioemocional Micentro