Cuando hablamos de trastornos de la conducta alimentaria (TCA), como la anorexia nerviosa, solemos enfocarnos en factores psicológicos, emocionales y sociales. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que también podría existir un componente biológico importante: la microbiota intestinal.
La microbiota intestinal es el conjunto de millones de microorganismos, principalmente bacterias, que viven de manera natural en nuestro intestino. Cumplen funciones esenciales como ayudar en la digestión, producir vitaminas, fortalecer el sistema inmunológico y participar en la regulación de la inflamación. Además, se comunican con el cerebro a través del llamado “eje intestino-cerebro”, influyendo en procesos relacionados con el estado de ánimo, el estrés y la conducta (Cryan et al., 2019).
Una revisión sistemática publicada en 2025 analizó distintos estudios sobre la relación entre la microbiota intestinal y la anorexia nerviosa. El objetivo fue entender si los cambios en las bacterias intestinales podrían estar asociados no solo con la restricción alimentaria, sino también con síntomas psicológicos como ansiedad, depresión y pensamientos obsesivos relacionados con el peso y la comida (Scala et al., 2025).
Lo que mostró la evidencia científica
El estudio incluyó investigaciones en personas con anorexia nerviosa y las comparó con personas sin TCA. Uno de los hallazgos más importantes fue que las personas con anorexia no necesariamente tienen menos bacterias en el intestino. La diferencia no está en la cantidad total, sino en los tipos de bacterias que predominan y en el equilibrio que existe entre ellas.
Se observaron variaciones en géneros como Clostridium, Roseburia, Lactobacillus, Faecalibacterium y Bifidobacterium, y estas diferencias se asociaron con mayores niveles de ansiedad, depresión y mayor severidad del trastorno alimentario (Scala et al., 2025). Esto es relevante, ya que sugiere que los cambios en el intestino podrían tener una relación con la salud mental, y no únicamente ser una consecuencia de la restricción alimentaria.
En la anorexia nerviosa, la restricción alimentaria prolongada no solo implica comer menos, sino también consumir una dieta con menor variedad de alimentos. Muchas veces se reducen grupos completos, como grasas, cereales o alimentos ricos en fibra. Sabemos que la microbiota intestinal depende en gran medida de lo que comemos: distintos tipos de bacterias se alimentan de diferentes nutrientes, especialmente de la fibra presente en frutas, verduras, leguminosas y cereales integrales. Cuando la dieta se vuelve limitada y baja en fibra, algunas bacterias disminuyen y otras pueden aumentar, alterando el equilibrio intestinal (Leeming et al., 2019). Esto ayuda a entender por qué la anorexia nerviosa podría modificar la microbiota, no solo por la cantidad de comida, sino por la calidad y diversidad de la alimentación.
¿Cómo puede el intestino influir en la mente?
El intestino y el cerebro están conectados a través del llamado eje intestino-cerebro. Las bacterias intestinales producen sustancias como los ácidos grasos de cadena corta (SCFA), que pueden influir en la inflamación, el sistema inmunológico y en la producción de neurotransmisores relacionados con el estado de ánimo. Cuando la microbiota se altera, también pueden cambiar estas señales químicas. Esto podría afectar la regulación del apetito, la sensación de saciedad, la respuesta al estrés y el estado de ánimo. En la anorexia nerviosa, estos cambios podrían contribuir a mantener síntomas como el miedo intenso a ganar peso, la ansiedad frente a la comida o la dificultad para regular las emociones (Scala et al., 2025).
Además, algunos estudios incluidos en la revisión sugieren que la microbiota también podría influir en procesos metabólicos relacionados con la insulina y el manejo de la energía, lo cual es especialmente importante en un trastorno donde el cuerpo se encuentra en un estado prolongado de restricción energética (Scala et al., 2025).
¿Qué significa esto para los TCA?
Los TCA son trastornos complejos que involucran factores psicológicos, sociales, familiares y biológicos. Sin embargo, estos hallazgos abren una nueva línea de investigación que podría ayudar a comprender mejor por qué algunos síntomas se mantienen incluso después de mejorar el peso corporal.
En el futuro, entender mejor el papel de la microbiota podría permitir el desarrollo de tratamientos complementarios, como intervenciones nutricionales específicas o estrategias dirigidas a mejorar la salud intestinal, siempre acompañadas de terapia psicológica y seguimiento médico. Aunque la investigación aún está en desarrollo, algunos estudios han comenzado a explorar intervenciones dirigidas a mejorar la microbiota intestinal como complemento en el tratamiento de la anorexia nerviosa. Entre ellas se encuentran el uso de probióticos (microorganismos beneficiosos), prebióticos (alimentos que favorecen el crecimiento de bacterias saludables) y ajustes en la alimentación para aumentar la variedad y el consumo de fibra (Baenas et al., 2024), así como el consumo de alimentos fermentados. Estas estrategias buscan ayudar a restaurar el equilibrio intestinal y, potencialmente, apoyar la regulación del estado de ánimo y del apetito. Es importante aclarar que estas intervenciones no sustituyen el tratamiento psicológico y médico, sino que podrían convertirse en herramientas complementarias dentro de un abordaje integral (Baenas et al., 2024).
En conclusión, la evidencia actual sugiere que el intestino podría desempeñar un papel más importante del que imaginábamos en los trastornos de la conducta alimentaria. Seguir investigando esta relación puede contribuir a ofrecer una atención más integral, considerando tanto la salud mental como la salud física de las personas que viven con un TCA.
Por: P.L.N Keisy López Altamirano

