Cuando hablamos de anorexia nerviosa, solemos pensar en la restricción de alimentos, el miedo intenso a subir de peso o la preocupación constante por la imagen corporal. Sin embargo, en los últimos años la ciencia ha mostrado que este trastorno no solo involucra aspectos emocionales y sociales, sino también cambios en el funcionamiento del cerebro. En particular, se ha estudiado el papel de dos sustancias llamadas serotonina y dopamina, dos neurotransmisores que ayudan a regular el estado de ánimo, la ansiedad y la sensación de recompensa.
Los mensajeros del cerebro
Los neurotransmisores son sustancias químicas que permiten que las células del cerebro se comuniquen entre sí. Funcionan como “mensajeros” que transmiten información de una neurona a otra. Gracias a ellos podemos experimentar emociones, motivación, placer, miedo o calma. Sin estos mensajeros químicos, nuestro cerebro no podría coordinar pensamientos, decisiones ni conductas (Purves et al., 2018).
Entre los neurotransmisores más estudiados en la anorexia nerviosa están la serotonina y la dopamina. La serotonina está relacionada con la regulación del estado de ánimo, la ansiedad y el control de impulsos. La dopamina, por su parte, participa en el sistema de recompensa del cerebro, es decir, en la sensación de placer y motivación que experimentamos cuando hacemos algo satisfactorio, como comer cuando tenemos hambre.
Un estudio reciente publicado en 2024 analizó cómo estos sistemas influyen en la forma en que las personas con anorexia toman decisiones relacionadas con la comida (Di Lodovico et al., 2024). Los autores explican que en este trastorno pueden existir alteraciones en los circuitos cerebrales que procesan la recompensa y el castigo. Esto significa que la comida no siempre genera placer en la misma forma que en personas sin el trastorno; en algunos casos puede generar ansiedad o malestar.
Investigaciones previas ya habían señalado que las personas con anorexia nerviosa presentan diferencias en áreas del cerebro vinculadas con la recompensa, el autocontrol y la toma de decisiones (Kaye et al., 2009). Estas diferencias podrían ayudar a explicar por qué la restricción alimentaria puede mantenerse incluso cuando la persona es consciente de los riesgos para su salud.
Cuando los mensajeros del cerebro cambian
La serotonina parece estar relacionada con rasgos como la ansiedad elevada, la rigidez mental y el perfeccionismo, características que con frecuencia se observan en personas con anorexia nerviosa. Algunos estudios sugieren que la restricción alimentaria puede disminuir temporalmente ciertos niveles de actividad serotoninérgica, lo que podría reducir la ansiedad a corto plazo (Kaye et al., 2009). Este efecto podría reforzar la conducta restrictiva, ya que la persona experimenta una sensación momentánea de alivio.
En cuanto a la dopamina, su papel es especialmente interesante. En la mayoría de las personas, comer activa circuitos de recompensa que generan satisfacción. Sin embargo, en la anorexia estos circuitos podrían responder de manera diferente. Algunos estudios señalan que la forma en que el cerebro aprende de las recompensas y castigos puede estar alterada. Esto podría hacer que la pérdida de peso o el control estricto de la comida se perciban como logros gratificantes, mientras que la ingesta alimentaria se asocie con incomodidad o miedo.
Otros estudios muestran que los trastornos de la conducta alimentaria involucran una interacción compleja entre factores biológicos y psicológicos. No se trata de que la serotonina o la dopamina “causen” la anorexia por sí solas. Más bien, estas alteraciones pueden aumentar la vulnerabilidad o contribuir a que el trastorno se mantenga en el tiempo (Treasure et al., 2020).
Reducir el estigma desde la ciencia
Comprender el papel de los neurotransmisores ayuda a reducir el estigma. Saber que existen cambios en la forma en que el cerebro procesa la recompensa, el miedo y la ansiedad nos permite entender que la persona no está “siendo exagerada” ni “buscando atención”. Está enfrentando una condición que tiene bases emocionales y también biológicas.
Actualmente, el tratamiento principal de la anorexia nerviosa incluye terapia psicológica especializada, apoyo nutricional y seguimiento médico. En algunos casos, también se utilizan medicamentos para tratar síntomas como ansiedad o depresión. A medida que la investigación avanza, comprender mejor cómo funcionan los circuitos de serotonina y dopamina podría ayudar a desarrollar intervenciones más específicas y personalizadas.
En conclusión, la evidencia científica actual indica que la anorexia nerviosa involucra alteraciones en los sistemas cerebrales relacionados con la ansiedad, la recompensa y la toma de decisiones. La serotonina y la dopamina desempeñan un papel importante en estos procesos. Entender esta base neurobiológica no significa ignorar los factores psicológicos o sociales, sino ampliar la perspectiva para ofrecer una atención más completa. Reconocer que el cerebro también está involucrado es un paso importante hacia una mayor comprensión, menos juicio y más apoyo para quienes viven con este trastorno.
Por: P.L.N. Keisy López Altamirano

