Música. Una palabra tan sencilla pero tan compleja, un arte que lo es todo y nada a la vez. Ese silencioso acompañante que está con nosotros en momentos felices y difíciles, pero también es ese algo que nos recuerda, nos acompaña y nos hace sentir mejor. Todos hemos tenido una experiencia con una canción que nos hace pensar: “justo”, y a veces así es, solamente el arte nos entiende. Pero además de lo que nos provoca como humanos, la ciencia ha demostrado que la música tiene la capacidad de influir de manera profunda en el cerebro y las emociones, subrayando la salud mental como un campo que se beneficia de ésta.
Escuchar música podría verse como una actividad pasiva, y sí, podría serlo, pero la realidad es mucho más compleja. Cuando alguien escucha un melodía compuesta por distintos sonidos y percusiones, algunas áreas del cerebro relacionadas con el movimiento, la atención y la memoria se activan de forma simultánea, lo que demuestra que la música puede despertar recuerdos intensos, modificar el estado de ánimo y generar hasta sensaciones físicas como tranquilidad, miedo, escalofríos, entre otras.
Uno de los hallazgos más interesantes entre el cerebro y la música es la relación que tienen con los circuitos de placer y recompensa. Cuando escuchamos algo que nos gusta, nuestro cerebro libera una sustancia llamada dopamina, encargada y directamente asociada con la motivación, satisfacción y bienestar. De nuevo, esta es otra manera de explicar por qué cuando escuchamos ciertas canciones nuestro estado de ánimo puede cambiar casi de inmediato, pues tiene la capacidad de hacernos sentir acompañados y consolarnos en momentos de tristeza. En este sentido, la música puede jugar un papel muy importante como un regulador emocional que es muy accesible.
Además de la parte emocional, la música es capaz de hacernos sentir en todas nuestras esferas. Escuchar canciones puede disminuir la percepción del dolor, ya que tiene el poder de modificar la actividad de regiones cerebrales que están implicadas en su procesamiento. Por esta razón, la música ha comenzado a considerarse una herramienta valiosa en contextos clínicos, donde aliviar el dolor físico y emocional forma parte esencial del cuidado integral de los pacientes.
Otro punto importante en relación a los cambios que la música puede causar en el cerebro es la neuroplasticidad; ésta es la capacidad del cerebro para cambiar, reorganizarse y adaptarse a lo que vivimos. Cuando alguien se involucra en escuchar música por largos periodos de tiempo, no sólo se aprenderán las canciones y melodías, sino que el cerebro también se transforma de manera gradual creando mejoras en áreas como la memoria, el lenguaje, la atención e incluso la organización del pensamiento.
Cuando hablamos de neuroplasticidad, nos referimos a la capacidad que tiene el cerebro para ajustarse a nuestros pensamientos y sentimientos. Esto resulta especialmente importante en los trastornos de la conducta alimentaria, donde los patrones de pensamiento tales como la autocrítica intensa, el miedo constante a la ganancia de peso o a la comida, pueden volverse demasiado fuertes con el tiempo, reforzando profundamente estas ideas. Sin embargo, hay que entender al cerebro como si fuera de cera o plastilina: si cambiamos el pensamiento por medio de afirmaciones positivas y autocompasivas, también es posible crear rutas más saludables. Con el tiempo, las nuevas conexiones neuronales, es decir, el camino que usan las células del cerebro para comunicarse, se fortalecen y pueden llegar a ser incluso más fuertes que los patrones antiguos.
Lo anterior, nos abre un panorama muy amplio para el tratamiento de trastornos de la conducta alimentaria. Aunque repetir frases compasivas o mantras, no sustituyen la parte del tratamiento psicológico, sí aporta un beneficio adicional que ayuda a disminuir la fuerza de los pensamientos negativos, a favorecer un diálogo interno más positivo y también a ser más amables con uno mismo. Es por esto que la neuroplasticidad y la capacidad del cerebro para crear nuevas rutas de pensamiento nos deja un mensaje muy importante: el cerebro puede aprender nuevas maneras de relacionarse con la comida, el cuerpo y con uno mismo.
Cuando nos detenemos a pensar en lo que es importante para nosotros, nuestros valores, lo que nos mueve y lo que nos importa, nuestro cerebro también cambia. No es solo “pensar bonito”. Es que esas reflexiones activan zonas relacionadas con el bienestar y ayudan a que la respuesta al estrés no sea tan intensa. Cuando ponemos en práctica pensamientos más compasivos hacia nosotros mismos, nuestro cerebro puede reaccionar con más calma ante situaciones difíciles. Y eso explica por qué repetir frases con intención y recordarnos lo que valemos, puede ayudarnos a sentirnos un poco más estables en momentos complicados.
En el día a día nuestro vínculo personal con la música suele ser intuitivo. Simplemente elegimos escuchar canciones que nos gustan y a su vez nos causan algún tipo de emoción. Sin embargo es importante empezar a tener conciencia sobre el poder que ésta tiene en nosotros. Escuchar con intención, proponernos que al escuchar música tendremos un momento para pensar de manera positiva en cuanto a nosotros mismos y tomarnos un momento para ver las sensaciones y emociones que nos despierta, puede convertirse en un acto de autocuidado.
En un mundo donde el malestar emocional, el estrés y la desconexión son cada vez más frecuentes, la música y las afirmaciones positivas, se presentan como un elemento accesible y cotidiano que tiene la capacidad de cuidar nuestra salud mental. Y si bien no tiene la potencia de un tratamiento médico ni psicológico, sí que tiene la fuerza de acompañarnos en procesos de cuidado personal, regulación emocional y conexión social de una manera única.
Por: P.L.N Ashley Resnik Messing

